Gallifa: el pueblo rebelde de Cataluña

Iglesias de Gallifa

Pocas de las millones de personas que volvían a sus casas en Madrid, Barcelona o Sevilla lo supieron, pero el 28 de septiembre de 2012 España perdió parte de su territorio. En concreto, 16 kilómetros de extensión ubicados en el parque nacional de Sant Llorenç del Munt i L’Obac cayeron fuera del dominio de la monarquía borbónica. Por lo menos eso pretenden los habitantes del municipio de Gallifa, cuyos cinco concejales decidieron por unanimidad declararse territorio catalán libre y autónomo, firmando en esa fecha su declaración de independencia.

Hoy que toda Cataluña está agitada con una población dividida en torno a la independencia de toda la comunidad, recordé mi viaje a Gallifa, pueblo pionero en el debate por la separación de España.

¿Cómo es este pueblo en rebeldía ante el gobierno nacional?

Gallifa el primer pueblo independiente de Cataluña
Si no se tiene un auto para alcanzarlo por carretera, averiguarlo no es fácil para el viajero independiente. A la entrada del lugar, la única parada de autobús de todo Gallifa se yergue solitaria en una curva bajo los rayos del sol. La vitrina que debiera exhibir las rutas y horarios del transporte público se encuentra vacía, testimoniando la escasez del servicio. Aquel visitante que quisiera usarla sin información previa, se sentaría sin conocer el tiempo de espera, y éste sería eterno, pues la única ruta que llevaba a San Felíu de Codinas ha sido cancelada.

Así, la única opción para llegar al pueblo, si no se puede rentar un coche, es caminar. Gallifa se esconde del visitante espontáneo, pero está lista para sorprender a quienes superan las dificultades del trayecto.

Dónde está Gallifa

La independencia de Cataluña ha sido uno de los temas más importantes en España en años recientes. Pero este 2017 la crisis llegó a su apogeo tras un referéndum considerado ilegal por el Gobierno español y donde, con una baja participación, se declaró la independencia de la comunidad autónoma. El conflicto llevó a el arresto de los líderes independentistas, al exilio del depuesto presidente catalán y a unas nuevas elecciones celebradas el 21 de diciembre, que dejaron como ganador a un partido unionista, pero a una mayoría parlamentaria independentistas.

La mayoría de diputados independentistas se debe precisamente a los pueblos como Gallifa en la Cataluña profunda, lugares que se han mantenido orgullosamente catalanes tanto en épocas de tolerancia como de represión. Es de esta región de donde surgió la Asociación de Municipios por la Independencia de Cataluña, que desde 2011, cuando se empieza a buscar abiertamente la secesión con España, ha sumado 764 miembros.

Gallifa es parte de ellos, pero durante varios años estuvo solo a la hora de dar el paso definitivo al declarar su secesión

Solo, como siempre lo ha estado respecto a sus vecinos, aislado en un valle donde siempre ha sido la única localidad. Al norte la montaña de Sant Sadurní, de 900 metros, y al sur el montículo del castillo la separan de los municipios vecinos.

Montaña de Sant Sadurní, GallifaPerteneciente oficialmente a la comarca del Vallés Occidental, Para llegar a Gallifa tomo un autobús a las ocho de la mañana en Sabadell, capital de dicha región, para internarme en la montaña hasta San Lorenzo Savall. Este pueblo rodeado de bosques es el más cercano al destino final, desde ahí se debe tomar un sendero que cruza la montaña y que, bien señalizado, es parte de la extensa red de caminos rurales de Cataluña, a través de los cuales se promueve el senderismo y el respeto a la naturaleza en toda la Comunidad. En el caso de esta ruta, rodeada de estampas de las montañas cubiertas de bosques, los caminantes son raros y tiene una dificultad moderada. Una persona en buena condición física puede alcanzar Gallifa en aproximadamente hora y media.

Desde las alturas, antes de ingresar al lugar y conocer sus historias, el pequeño pueblo ya se muestra privilegiado, en un entorno idílico ajeno al estrés urbano

La pequeña bandera española

La rebelión de Gallifa le dio una efímera fama, llevando a unas decenas de visitantes a ver en persona la muestra física de su deseo independentista.

Al entrar al pueblo la carretera se bifurca, un lado lo circunvala y otro lleva a su interior, dividiéndose en caminos cada vez más pequeños que terminan en grandes fincas, masías, plazas o que se convierten en escénicos senderos sin pavimentar donde apenas cabe una persona y que terminan por desaparecer entre árboles centenarios.

Una de estas calles finaliza frente al palacio municipal. Ahí, en la entrada principal, un tablón de anuncios al servicio del gobierno y los vecinos se muestra prácticamente vacío. La excepción son dos avisos, uno de la venta de una propiedad y otro con información caduca de la pasada fiesta del pueblo, celebrada meses antes de mi visita.

Gallifa independenciaSobre ellas, sujeta con un alfiler, un banderín con los colores de España es el único símbolo nacional que se presenta en el edificio. Esto, hasta que uno da la vuelta y descubre un mástil a unos metros de distancia. Arriba, el viento ondea una monumental y orgullosa bandera catalana que, junto a otra con los colores municipales, humillan al diminuto símbolo patrio español.

De acuerdo al alcalde de Gallifa, la presencia del banderín, que provocó una polémica judicial, está en el edificio para cumplir únicamente la Ley de Banderas recogida en la legislación catalana, no la española. Dado que este documento prohíbe que ningún símbolo nacional en un edificio de gobierno sea más grande que el español, que debe estar en un lugar de honor, las enseñas catalanas fueron colocadas fuera del palacio, y el emblema español fue el más pequeño que se pudo conseguir.

Esta curiosidad ha sido lo que ha atraído a algunos turistas al municipio, buscando presenciar este símbolo de rebeldía. Pocos se quedan a descubrir más a fondo una localidad, cuyo deseo de independencia se refleja también en el hecho de que ha dejado de pagar los 1,662 euros que colecta como impuesto sobre la renta.

El castillo y la virgen de la ecología

Un pueblo rebelde, es el mejor hogar para un rebelde, y eso es precisamente lo que define a Josep Dalmau, quien desde 1958 es el rector de la iglesia de Sant Pere i Sant Felíu. Enviar a un párroco joven y con una carrera ascendente a un olvidado pueblo de montaña, no podía interpretarse sino como un exilio para un personaje que incomodaba al franquismo, pero el movimiento sólo demostró lo desconocida que resultaba la zona.

Dalmau dejó los importantes templos que había dirigido en Sabadell y Vilanova i la Geltrú, pero no dejó de ser un activista durante toda la dictadura y encontró un hogar en Gallifa, donde, además de apoyar la independencia desde hace décadas, encontró la libertad para impulsar una doctrina religiosa no del todo aceptada por la iglesia católica.

A las afueras del pueblo, viendo hacia el sur, se encuentra un montículo que los antiguos señores feudales eligieron para edificar un modesto castillo y fortificar sus dominios. Desde el 999, de cuando data la primera referencia documental, al siglo XVI fue residencia y fortaleza. Pero terminó por ser abandonado, acogiendo únicamente la pequeña ermita de Santa María del Castell. Ésta es hoy la única construcción que el tiempo no arruinó.

Teniendo autoridad religiosa sobre la ermita en desuso, Dalmau la restauró durante la década de los 80, y en 1986 la designó como templo de la Madre de Dios de la Ecología, una advocación no reconocida por el Vaticano, también dio a Gallifa otro inesperado atractivo turístico.

En la ermita, una imagen tallada en madera del siglo XI, cuya advocación original se desconoce, funge como virgen de la ecología, y en la web del santuario se habla del movimiento naturalista desde el punto de vista cristiano. Se invita también a visitarlo y sembrar un árbol, en vez de prender veladoras, para que éste sirva de una plegaria siempre encendida en honor a María.

Los patios del castillo son también sede de un espectáculo de luz y sonido que se celebra cada fin de semana, y cuenta con un área de camping. Los visitantes son pocos, pero no falta el barcelonés que, encantado con el cielo estrellado, obtiene permiso del guarda para pasar la noche en el lugar, bajo la condición de echar candado a la puerta al retirarse la mañana siguiente.

La advocación ecológica, sumada a la polémica presencia de una estatua de Artemisa en el patio del castillo, ha provocado que los círculos católicos más tradicionales acusen a Dalmau de promover el paganismo. Pero ni el arzobispo de Tarragona, ni el obispo de Vich han actuado para eliminar este sui generis culto.

La rebeldía de Gallifa se extiende así hasta lo religioso, con la invención de su propia virgen. Pero al ver como el Papa Francisco ha convertido a la ecología en un asunto de moral cristiana a través de su encíclica Laudato Si, surge la pregunta de si este pueblo emancipado no fue en realidad un pionero, adelantándose décadas a la lucha mundial por el respeto a la naturaleza.

Gallifa y el arte

Gallifa se rebela también contra la pérdida de la identidad. Al caminar por sus calles, las casas y fincas están perfectamente restauradas y todas respetan el estilo arquitectónico del lugar. Con fachadas cubiertas de piedra y, en algunos casos mostrando los aperos de labranza en las entradas. La imagen que da la villa es la de haberse quedado atrapado en el pasado, pero la imagen tradicional no es sino una agradable construcción para sus escasos habitantes y para las cámaras de los turistas ausentes.

En realidad, Gallifa está lejos de oxidarse en tiempos remotos. Por el contrario acoge importantes expresiones culturales catalanas como lo es el modernismo, representado por una escultura monumental a la entrada del pueblo y que festeja su primer milenio de existencia

Asimismo, muy cerca de la iglesia, se descubre la Fundación Josep Llorens i Artigas. Éste fue un ceramista catalán amigo Joan Miró y quien, tras trabajar en París y Barcelona, eligió Gallifa como el lugar donde instalar su taller, tomando sus idílicos parajes como inspiración para su obra.

El propio Miró, el más reconocido artista contemporáneo catalán, visitó el municipio en varias ocasiones para componer su obra en alguno de los tres hornos de cerámica del taller de su amigo. Destaca el que de aquí surgieron los murales del sol y la luna, creados para la sede de la UNESCO y que recibieron un premio Guggenheim en 1958.

Tras la muerte del artista, su hijo conservó el taller como un espacio para exhibir el trabajo de su padre, y organiza estancias para estudiantes y artistas contemporáneos que pueden aprender y crear su obra en las instalaciones locales: uno de los pueblos más pequeños de Cataluña es así una capital para la alta cultura y aspira a encontrar al próximo gran artista catalán. Para visitar el lugar es necesario agendar una cita por teléfono.

La población de Gallifa y el motociclismo

Gallifa se rebela finalmente contra su propia desaparición. La pérdida de habitantes, el envejecimiento de la población y el abandono son amenazas a las áreas rurales de España y el mundo. Pero este municipio, cuyo record de población llegó en el siglo XIX con 337 habitantes, logró frenar la emigración que los llevó a un peligroso número a la baja de 55 en los años 70.

Sin ser nunca un imán para las masas, la personalidad, tradición y belleza de Gallifa lo han llevado a sumar hoy más de 200 habitantes, de los cuales un 51% es el que ha participado en las elecciones y referéndums que los han llevado a declararse independientes. La opinión del restante 49%, que ni siquiera se presenta a las urnas, queda como un enigma escondido tras la peculiaridad de su pretendida emancipación.

Entre las personas que hoy viven en Gallifa, y que han traído esta reciente multiplicación de sus habitantes, se encuentran inmigrantes tanto de otras provincias españolas, como de lugares tan lejanos como Uruguay. Sin importar su origen, todos dicen sentirse profundamente catalanes. A pesar del aumento, el cementerio tras la iglesia de Sant Pere es tan pequeño que se recorre en tres zancadas, sin que se haya pensado extenderlo.

Gallifa desde la iglesia por Francisco Fontano

La población también aumenta temporalmente al inicio de la primavera, cuando el municipio se rebela ante la calma campirana y acoge el rugir de los motores con una carrera de motociclismo, puntuable en las copas catalanas, y que trae a la solitaria localidad a los mejores exponentes locales de este deporte.

Así las familias que lo han habitado por generaciones, los recién llegados y los visitantes ocasionales completan la estampa de este pueblo, que se resiste a aceptar definiciones y que sorprende con las historias que lo hacen especial.

Fin del viaje a Gallifa

Fuera del núcleo urbano, más del 50% de Gallifa está cubierto de bosques, el mejor homenaje a la virgen ecológica que veneran. Escondidas entre los árboles,  aún es posible encontrar algunas ermitas que servían a los campesinos en el medievo y que llevan siglos en desuso.

Los senderos que llevan a ellas se convierten en nuevos caminos que llevan de vuelta a los más grandes poblados vecinos, donde se puede encontrar algún transporte con rumbo a las grandes ciudades.

En algún punto de esas sendas, se cruza la frontera invisible que limita a los municipios. Al hacerlo, el visitante que emprendió esta aventura abandona la pequeña extensión de la Cataluña independiente y, sin darse cuenta, vuelve a España.

Comentarios

Francisco Fontano Patán

Desde niño sentí infinita curiosidad por descubrir el mundo, así que estaba escrito que sería un viajero. Exploré el mundo primero a través de mapas, y luego en persona. Tras escribir como freelance en varias revistas, viví un año en Barcelona donde obtuve una maestría en periodismo de viaje, fui miembro fundador del proyecto Caminos Sellados y gané un premio Malta Tourism Press Award como coautor del libro Postales del Mundo: Malta

He visitado 23 países de cuatro continentes y mi filosofía es que, en todo lugar hay algo por descubrir.
Francisco Fontano Patán

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