Las iglesias del centro

Amanece en la capital de México y poco a poco las calles se llenan de gente, a la vez que decenas de iglesias que pueblan el centro histórico abren sus puertas a los fieles. Algunos muy populares, otros con poco culto o de plano cerrados la mayor parte del tiempo, cada templo, grande o pequeño, es también un reclamo turístico y forma parte fundamental de la historia de la ciudad.

El paisaje urbano del centro se formó alrededor de las iglesias. Cada barrio, cofradía y orden religiosa tenía la suya, que no sólo atendían las necesidades espirituales de la gente, sino que competían entre sí por destacar en poder y belleza. Se conocen más de 80 templos construidos en la Colonia, muchos de los cuales siguen en pie.

Francisco Fontano Patán

Visitarlas es indispensable al caminar por el centro, y andar de una a otra no sólo permite descubrir sus historias, sino que las convierten en hilo conductor para descubrir toda la zona, alcanzar cada punto cardinal y llevar al viajero más allá del tradicional y conocido corredor Zócalo-Alameda, con el que muchos turistas se quedan.

De Plaza en plaza

Injustamente relegado hoy a segundo plano, el Templo de Santo Domingo fue parte de un convento dominico que llegó a ser la segunda iglesia más importante de la ciudad, puesto con el que rivalizó con la misma Catedral.

Tras las leyes de reforma, el complejo fue expropiado y, con excepción del templo, desapareció. El atrio fue abierto para expandir una plaza que, además de ser casa de los tradicionales escribanos en los portales de los evangelistas, permite sentarse a contemplar con tranquilidad no sólo la fachada del templo, sino el palacio de la inquisición y el edificio de aduanas que la rodean. Juntos forman un espacio que, si bien no es ignorado por los visitantes, si tiene menos atención de la que merece, a no ser por aquellos visitantes que saben de su importancia.

Santo Domingo es uno de varios templos que aún tienen el honor de presidir una plaza, situación que las dota de un sello de distinción y facilita el observar con calma sus detalles sin importar el paso de vehículos o transeúntes.

Al norte de éste, la Plaza de Santa Catarina, espacio arbolado dominado por el templo homónimo, invita a recorrer Garibaldi. Los vendedores ambulantes y la falta de señalización mantienen alejados a muchos visitantes, quienes se pierden de una de las primeras parroquias que existieron en la ciudad.

Levantada cuando la capilla del sagrario resultó insuficiente para atender a la creciente población española, Santa Catarina, hoy vecina de tiendas de vestidos de primera comunión, fue por siglos encargada de recibir a los virreyes a la ciudad, sede de los festejos de la Universidad, y punto de descanso obligado en las procesiones que llevaban a la Virgen de Guadalupe a la catedral en tiempos de epidemias o ruegos.

La iglesia de la Santísima Trinidad tiene una plaza propia casi por accidente. El santuario, erigido por la cofradía de sastres, se hundió con el paso de los años hasta que tres metros de su estructura quedaron bajo suelo. A inicios del Siglo XX se le rescató al excavar la zona, creando los desniveles en corredores y banquetas que peatonalizaron la zona y son hoy parte de su personalidad. A pesar de que los escalones que llevan a la entrada son también una butaca de primera clase para admirar una de las más bellas fachadas barrocas de la ciudad, la zona tampoco abunda en visitantes, convirtiéndola por momentos en un espectáculo individual.

Francisco Fontano Patán

Los pequeños templos indígenas

Estos magníficos templos españoles contrastan con las humildes ermitas levantadas en los barrios indígenas. Incapaces de competir en tamaño u ornamentos, y localizados en los extremos sur y oriente de la ciudad, muestran caras desconocidas del centro.

La iglesia de Concepción de Tlaxcoaque pasó décadas olvidada y cada vez más aislada en una plaza de difícil acceso en el extremo sur del centro. Única superviviente de un barrio demolido para construir avenidas, no fue hasta 2010 que fue rescatada con apoyo de la república de Azerbaiyán, lo que generó un conflicto diplomático. A pesar de esto, la plaza fue reintegrada a su entorno y la capilla recuperó el color, sumándose a los atractivos del centro.

Si Tlaxcoaque es modesta, más lo es la capilla de La Humildad, en cuyo interior apenas caben doce personas sentadas. Es la única superviviente de las siete primeras ermitas que Hernán Cortés ordenó levantar tras la conquista de Tenochtitlán, y sus vecinos la salvaron de ser demolida varias veces permitiendo que llegara a nuestros días.

La capilla es uno de los secretos mejor guardados del centro, debido a que está en La Merced, barrio que se sugiere evitar. El otrora idílico lugar, ubicado frente a los canales de agua que llegaban a Xochimilco, perdió belleza cuando éstos fueron desecados, y remplazados por Anillo de Circunvalación. Rodeado de calles descuidadas, puestos ambulantes y zonas de prostitución, se generó la leyenda de que el templo era recinto sagrado de ladrones y meretrices. En este contexto La Humildad destaca por estar siempre cuidada, en perfecto estado de conservación y sin modificaciones, por lo que es un verdadero viaje a los primeros años de la Colonia y un indudable espacio distinguido en una zona cuya seguridad ha mejorado considerablemente, por lo cual, con las precauciones de rigor, es posible visitarlo sin miedo durante el día. Destaca también por estar siempre llena de fieles, un claro contraste con decenas de templos en mejores zonas, pero vacíos gran parte del día.

Iglesias reinventadas

La ausencia de culto en muchos recintos, provoca un dilema: las iglesias coloniales deben ser conservadas como tesoros artísticos y culturales. Pero sin feligreses pierden su razón de ser y el abandono lleva a su deterioro. Para evitarlo, varios han sido rescatados dándoles otros usos que mantienen vivo el lugar mientras aseguran la conservación de su patrimonio.

A lo largo de centro hay espacios así, como la capilla de Montserrat, hoy museo de la Charrería; o el templo de San Jerónimo, incorporado al campus de la Universidad Claustro de Sor Juana, y sede de exposiciones artísticas.

Pero la reinvención más significativa no se dio por un cambio de uso, sino por uno de devoción. La iglesia de San Hipólito mantiene un culto muy importante, pero los devotos que viajan a ella desde todos los puntos de la urbe, no tienen interés de rezar al mártir romano. El patrono de la ciudad fue opacado por el santo más popular entre los capitalinos, San Judas Tadeo, quien es hoy centro del culto en una iglesia ajena. Gran parte de los miles que lo visitan cada día 28 no saben que el templo de dos columnas fue dedicado a San Hipólito por celebrarse su día la misma fecha que Cuauhtémoc fue apresado, y que en ella fueron honradas las víctimas de la noche triste.

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La suerte de San Hipólito muestra la evolución de las costumbres de la ciudad, y su templo, fin de este recorrido, recuerda el pasado colonial y marca el antiguo límite poniente de una ciudad cuyo centro es apenas el primer paso para conocerla a fondo.

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Francisco Fontano Patán

Mexicano y descendiente de españoles, desde niño sentí infinita curiosidad por descubrir el mundo, así que estaba escrito que sería un viajero. Exploré el mundo primero a través de mapas, y luego en persona. Tras escribir como freelance en varias revistas, viví un año en Barcelona donde obtuve una maestría en periodismo de viaje, fui miembro fundador del proyecto Caminos Sellados y gané un premio Malta Tourism Press Award como coautor del libro Postales del Mundo: Malta

He visitado 23 países de cuatro continentes y mi filosofía es que, en todo lugar hay algo por descubrir.
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